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domingo, 11 de abril de 2010

La corrupción, acto inmoral tolerado por la sociedad puertorriqueña

Pequeños y grandes actos de corrupción

La afición por violar la ley puede haberse propagado en el país más de lo imaginado

El hurto de electricidad y de agua son variantes de la corrupción que corroe a la sociedad.

Por Benjamín Torres GotaY / btorres@elnuevodia.com

Ya se oye, inquietante a lo lejos, como el tumulto de caballerías que preludia una cruenta batalla, o como el rumor profundo de un aguacero feroz cabalgando sobre la superficie del mar momentos antes de arropar la costa.

Todo indica que pronto, cuánto no se sabe, rodarán pesadas cabezas como consecuencia del nido de víboras que ha quedado expuesto tras las acusaciones por recibir sobornos contra el ex senador Jorge de Castro Font.

Aunque las versiones que han circulado en la prensa durante las últimas semanas fueran sólo parcialmente ciertas, lo que le espera al país no es poco. Presidentes de compañías y políticos de alto nivel pueden estar recibiendo muy pronto la visita mañanera de los temidos agentes del FBI, que suelen llegar apenas salido el sol para informarle al concernido, en su distintivo acento como el de los 'neoyorricans', que está bajo arresto e invitarlo cortésmente al magistrado más cercano.

No es la primera vez y, tristemente, es bastante probable que tampoco sea la última. Pero en este caso han quedado retratados, con mayor crudeza que nunca antes, los pases de mano y besos de muerte que se dan en los pasillos del poder y de espaldas a la luz, entre quienes tienen el poder político y quienes tienen el poder económico.

Uno pensaría que, cuando esto pase, cuando se sepa más allá de toda duda quiénes son y cuánta estatura alguna vez tuvieron quienes caigan aquí, el país quedará atónito, incrédulo, aturdido, se dará cuenta de que le han estado tomando el pelo, se indignará y se va a asegurar de que cosas así no vuelvan a suceder.

Otros creen que no, que la corrupción es un fenómeno que se ha propagado por la sociedad con una virulencia que apenas hemos podido atisbar y que la gente empieza a percibir como que no es tan malo, incluso hasta normal en muchos casos, que todo el que esté en posición de dar un tumbe lo haga con una sonrisita de malo de película.

No son pocos, sabemos, los que piensan así y la verdad es que si uno mira bien, verá que son muchos más de los que a veces creemos los pequeños actos de corrupción cotidiana que enturbian los días de los más santurrones.

¿Quién de nosotros, preguntémonos, vuelve a la panadería cuando se da cuenta, una hora después de haber dado cuenta de un quesito, de que se fue sin pagar? ¿Quién deja su teléfono en el parabrisas de un carro al que chocó sin querer en el estacionamiento de Plaza Las Américas?

Se trata, claro, de actos pequeños, casi inofensivos dirían algunos, sin que el que los comete merezca el feo calificativo de corrupto. Pero hay otros actos, corruptos de rabo a cabo, mucho más graves que los antes descritos.

Y bastante comunes también.

El ejemplo más claro de esto es lo que pasa con las planillas de contribución sobre ingresos, que tienen que ser entregadas este año a más tardar el jueves. Todos sabemos que ese proceso es una pantomima de la que participamos sólo unos pocos, porque se ha comprobado hasta la saciedad que la inmensa mayoría de los que generan ingresos en este país o no radica planillas, o reporta mucho menos de lo que le corresponde.

Y esta es una trampa en la que están juntos desde el que vende tripletas en la marginal, hasta el médico que oculta parte de los pagos que sólo recibe en efectivo, entre muchos otros.

Párese en cualquier esquina de este país, curiosee por alguna marina o dése un paseíto por el suburbio de su predilección, cuente a vuelo de pájaro los vehículos de lujo, los yates o las mansiones de película y trate de explicarse después cómo es posible que sólo unas 26,000 personas reporten al Departamento de Hacienda ingresos superiores a $100,000 al año.

Éste es el dato más espeluznante, pero no el único que revela con cuánta voracidad la corrupción se ha convertido en una afición de la que disfrutan no sólo algunos políticos y empresarios, sino también gente de carne y hueso como la que se ve a diario persignándose por ahí.

“Crisis financiera, crisis económica, crisis política, crisis religiosa, crisis ambiental, crisis energética, si no las he enumerado todas, creo haber enunciado las principales. Falta una, principalísima según mi entender. Me refiero a la crisis moral que arrasa el mundo”, decía hace poco en su blog el gran escritor portugués José Saramago.

De eso, parece que sabemos mucho en Puerto Rico. Y por eso es que parece que la cosa esta de la corrupción como que ya no molesta a tantos.